Un punto se desplaza en el tiempo

Curaduría: Éricka Flórez

La contemplación de un fluido

Me pareció ver un punto que se movía, entonces pensé que era un dibujo que habitaba el tiempo, no solo el espacio. Un cuerpo a contraluz se movía en un espacio limitado, reduciendo su cuerpo a las líneas del ángulo recto arquitectónico (Lucía González Gaitán). Vi algo como un átomo que se cuadriculó: unos círculos indicaban las intersecciones de las líneas rectas. Me imagino un cuerpo como un átomo que rebota, como un radical libre (Sergio Luis Lasso).

La operación central era la observación del paso del tiempo, la habitación del tiempo, y nótese que la expresión habitar parece que volviera espacial esa dimensión aparentemente lineal e inmaterial que es el tiempo. Observar el paso del tiempo es de alguna manera hacer de la muerte el punto de partida.

Todo empieza por el agua (Alejandro Valencia y Camila Eslava), y lo que es un material que se presta para el flujo contemplativo se convierte en un signo del terror político. Si el agua, por su movimiento, remite a la vida, hay casos en los que el agua oculta la muerte: el agua sigue su curso como si nada, como si no fuera el vehículo de los cadáveres en Colombia (Omar Sandoval). En el trabajo de Sandoval, de una fosa común surge un lago para volver a contemplar la «belleza» de la naturaleza.

Afirmarse a través del olvido

Hay tres fotos de niños y jóvenes indígenas; los sujetos aparecen tapando su mirada, dando la espalda a la cámara, o esquivando el «objetivo», aquello que atrapa e inmortaliza (KOMÅ culture studio). Como esa pintura del Angelus Novus de la que tanto se ha hablado, porque no se sabe si la figura retratada en el cuadro mira hacia el frente con los ojos desorbitados —como defendiéndose del futuro— o si es bizco y, por lo tanto, su mirada se dirige hacia los lados y no hacia delante o hacia atrás. Esa pintura de Paul Klee, pintada después de la Primera Guerra Mundial, fue descrita por Walter Benjamin como «un rostro vuelto hacia el pasado mientras un huracán lo empuja hacia el futuro, al cual el ángel le da la espalda».

El filósofo pensaba que ese huracán es «lo que nosotros llamamos progreso». Susan Buck-Morss, también filósofa, ha reconstruido las palabras de Benjamin sobre esta imagen: Se trata de una construcción de la historia que mira hacia atrás, más que hacia delante, hacia la destrucción de la naturaleza material, tal como esta realmente ocurrió. Esto proporciona un contraste dialéctico al mito futurista del progreso histórico (que solo puede afirmarse a través del olvido de lo que ha ocurrido.

La infancia (lo nuevo) de la ancestralidad que nos habita. Una ancestralidad que piensa la naturaleza como un sujeto, y no como un objeto a instrumentalizar en aras del progreso. En Decolonial Axis no podemos detectar hacia dónde mira esa infancia; las fotos ponen en cuestión algo muy sencillo: ¿Qué es adelante y qué es atrás? ¿Qué es nuevo y qué es viejo? Su saber antiguo es la urgencia más actual: no somos el centro del mundo, tampoco lo es nuestra cosmovisión, algo muy parecido a decir: la novedad es una ilusión, es el gesto de quien borra creyendo que las trazas no subyacen, o, como quien dice: el progreso existe solo como una forma de olvido y no de avance.

«Nada de lo que ya pasó es olvidado, incluso si ya no lo recuerdas»
(El viaje de Chihiro).

Cuando la filósofa habla de «contraste dialéctico» parece que quisiera decir que al hablar de historia necesitamos pensar en coexistencia de contrarios, en tiempos contradictorios que cohabitan; que no se trata ni de adelante ni de atrás, sino de una situación (un tiempo) en el que todos los espacios convergen simultáneamente: todos los «adelantes» y los «atrases». Esa condensación de tiempos aparece en la figura de Sankofa, un pájaro que mira hacia atrás y tiene un huevo en la boca, simbología retomada por el coreógrafo colombiano Rafael Palacios, quien explica su significado: «Sankofa significa “volver a la raíz”; más que una palabra, es una filosofía africana que propone conocer el pasado como condición para comprender el presente y poder dimensionar el futuro».

La pluralidad de tiempos aparece también en el video de Camilo Andrés Parra, quien pone un cuarzo para que medie entre lo que él observa y el objetivo de su cámara. El cuarzo, que, como él mismo dice, se usa muchas veces para adivinar el futuro, es lo más antiguo que hay, pues no hay nada más primigenio que los minerales que existieron antes que el hombre.

Las imágenes de Joyce Medina son composiciones realizadas a partir de prácticas que remiten a un pasado colonial, en el que las creencias del nuevo mundo venían a poblar un territorio donde se consideraba que no solo los humanos teníamos agencia. Las plantas, lo no vivo y lo no visible (lo que no se podía comprobar) hacía parte del ecosistema de causas y efectos: ese era el modo de concebir el mundo antes de la colonización. Así pensaban los residentes de este territorio conquistado, y así pensaban las personas esclavizadas que trajeron de África para trabajar esta tierra. Joyce registra algunos elementos que utilizaban mujeres esclavizadas en Colombia, en tiempos coloniales, para los conjuros. ¿Qué otra cosa son los conjuros si no una manera de creer que podemos afectar la vida de los vivos a partir de lo inerte? ¿Qué otra cosa son los conjuros si no los intentos de tener injerencia en el futuro y el pasado?

Si hay artistas que observan y habitan el presente, hay otros que hurgan el pasado y que buscan actualizarlo. Esteban Camilo Ferro propone realizar un performance a partir de las transmisiones radiales de la toma del Palacio de Justicia en 1985, uno de los hechos más emblemáticos de la historia de Colombia, por lo violento y mediatizado, pero también por lo que simboliza: el encuentro binario entre poderes, entre dos maneras distintas de prometer el futuro, el del establecimiento y el de la izquierda de ese entonces. Ferro elige hacer una revisión de la dimensión sonora (invisible) de este acontecimiento, ya que la visual está hipercodificada en forma de historia oficial. Por otro lado, Sebastián Fonnegra le da vida (movimiento) y sonido a las fotos de una persona muerta, para, a través de esta especie de animismo, entender algo sobre lo que se va y sobre una materialidad que no vemos: el espíritu. 

Una forma de estudiar el tiempo puede ser observar sus consecuencias a posteriori. No tanto preguntarnos con los expertos en ontología «¿qué es el tiempo?», sino «¿cómo funciona?» o, más bien, «¿cómo funcionó?». Preguntarse «¿qué es?» parece la apuesta por construir esencialidades y manifiestos, mientras que la observación de lo que algo ocasionó es una mirada hacia el pasado, en retrospectiva, como el pájaro de la imagen de Sankofa, como el Angelus Novus, como las fotografías de KOMÅ culture studio.

Ahora bien, si Ferro y Fonnegra observan acontecimientos del pasado, Sandra Patricia Díaz observa cómo el tiempo hace dibujos, cómo el tiempo es agente. Ella sitúa en cajas de Petri un gel y algunas sustancias que salen de su propio cuerpo o de restos de los espacios de su casa; deja pasar el tiempo y aparece el dibujo, que en realidad es un sistema de microrganismos cuya organización y forma es impredecible, lo que nos permite extrapolar una idea: el tiempo no atiende tanto a una lógica, sino a un accidente. 

Lo importante de esa imprevisibilidad (imposibilidad de ver con anticipación) es que nos permite pensar que la construcción de una imagen (¿de la historia?) no tiene que ver con la voluntad, no surge de un acto programático (fuerza de la consciencia racional), sino, digamos, de fuerzas invisibles, como el deseo, como las almas a las que convocamos en los conjuros, como el oxígeno, las ondas electromagnéticas, la luna y las mareas, la gravedad o el comportamiento geológico de los minerales y sus formas de organizarse o desorganizarse. 

Jhonnatan Cataño ejecuta acciones en la naturaleza para redimensionarse dentro de ella. El video lo muestra a él, en un lado, como agente de la imagen (quien pone a la naturaleza como su objetivo, y a sí mismo, como observador); mientras que, en el otro, aparece capturado tanto por el dispositivo como por la naturaleza. 

Parece que el punto que se desplaza por el tiempo hace colapsar el espacio, y con ese colapso ya no se sabe qué es adelante y qué es atrás. Parece que en el paso entre una cosmovisión y otra siempre hay confusiones que son urgentes.

Al revisar los proyectos presentados este año a Artecámara, me llamó la atención muchos de ellos contenían una poética se centraba en la observación del paso del tiempo, en formas de habitar el tiempo, o en pensar sobre la muerte. Algunos artistas de este grupo remitían a la imagen de alguien preso marcando el paso de los días con rayitas en las paredes, o a las pinturas de las fechas de On Kawara, o a tantos otros artistas que han hecho del tiempo su materia. Otro gran número de trabajos se centraban en la relación entre la materia viva/orgánica y la tecnología. Unos del lado de la vida y otros del lado de la muerte. En ambos grupos el tiempo era un punto en común importante; en el primer grupo era evidente —al menos según las declaraciones de los artistas—, y en el segundo grupo se evidenciaba en la mezcla de lo tecnológico —que en nuestro imaginario representa el futuro— y el pasado —la naturaleza como predecesora del hombre—. Para esta curaduría se seleccionaron algunas obras que dialogan entre sí.

 


Artistas participantes

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